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Cordones desabrochados: Análisis de “JoJo Rabbit”

En la niñez es normal crear amigos imaginarios, reemplazando amigos reales por la estigmatización social que existen entre los pares infantes. Estos nos acompañan y dan mayores fuerzas para afrontar nuestras realidades, por lo que pueden ser animales, personajes – ya creados o creados desde cero – como héroes, villanos, o incluso Hitler, pero ¿Qué pasaría si eres un niño fanático Nazi y tu mamá esconde a una adolecente judía en la casa? Aunque rebuscada, esta es la premisa de la película nominada al Oscar JoJo Rabbit.

Partamos diciendo que el film es una adaptación del libro Caging Skies escrito por Christine Leunens, siendo dirigida por Taika Waititi. Una película estadounidense de comedia dramática – es decir: reirás una mitad y llorarás la otra – que cuenta la historia de un niño alemán en la segunda guerra mundial, este es un pequeño fanático nazi el cual sueña con ser el guardia personal de Hitler, siendo este mismo su amigo imaginario.

El pequeño nazi – interpretado por Roman Griffin David – se llama Johannes Betzler, pero lo conoceremos mejor como “Jojo” ya que al iniciar la película entrará a un campamento en el cual le enseñarán como comportarse como un “buen nazi” el cual será marcado por dos cosas: psicológicamente por el bullying sufrido por sus instructores llamándolo “Jojo Rabbit” por la cobardía que demuestra – según ellos – y marcado también de manera física por una explosión de una granada frente a él – lanzada por él mismo para demostrar su valentía – que lo dejará con heridas por todo el cuerpo y grandes cicatrices en el rostro. La guerra independiente de la que sea nos marca y Waititi nos dice esto de manera metafórica con las cicatrices de Jojo. De esta forma el director nos presentará el mundo y códigos de humor dentro de la cinta que nos llevarán por un viaje de sarcasmo y ridiculización de los seguidores de Hitler.

Al dejar el campamento y hacer reposo en casa, Jojo comienza a escuchar ruidos provenientes de la pieza de su fallecida hermana. Armándose de valor y con su uniforme puesto, sube y descubre que en un pasillo oculto tras la pared se esconde una chica judía llamada Elsa – interpretada por Thomasin McKenzie – la cual está ahí porque la madre de Jojo – interpretada magistralmente por Scarlett Johansson – se opone al régimen Nazi. Elsa al no cumplir con lo indicado por instructores del campamento a como son los judíos (con colmillos y cuernos) generará dudas en Jojo, logrando así un conflicto interno por la ampliación de perspectiva sobre todo lo que sucede al alrededor del chico.

Esta ampliación del mundo va de la mano con varios factores; uno de ellos es confiar en la madre, el personaje de Johansson es la representación de la madre en la niñez, a aquella mujer que vemos hacia arriba y todo lo que hace nos asombra, en especial si la persona en la cual más confiamos va en contra de nuestros pensamientos y generará la simple pero potente pregunta en Jojo: “¿Por qué?”. Por otro lado, un factor también importante es el descubrimiento del amor por parte de Jojo, ya que de por si es complicado sentir por primera vez aquellas “mariposas en el estómago” – un momento mágico en la película – ahora hay que sumarle el hecho que aquella persona que la causa es una a la cual te han enseñado a odiar, pero que a simples cuentas, ¿Qué tan diferente es de ti mismo? Una buena historia cuenta más de una  y en esta película estos factores – así como muchos más – contarán partes de muchas historias que serán vistas por los ojos de nuestro protagonista de diez años.

Los conflictos de Jojo, de la mano de una nueva forma de ver el mundo, harán que parcelada y parcialmente vaya interactuando menos con su amigo imaginario. Si bien Hitler está dentro de la mente del niño, no deja de ser un tirano que no lo apoya, es cruel y sarcástico, quizás menos al inicio cuando convence a Jojo sobre su fuerza interna e inteligencia de conejo, demostrando en pantalla la facilidad de convencimiento que tenía y concluyendo con una granada explotando en las narices del chico. La relación de ambos es más bien como una – muy enfermiza – relación tóxica, pues Hitler no lo escucha, lo insulta, inseguriza e incluso cela a Jojo, representando así lo cruel del ambiente social en el que se desenvuelven estos niños.

A diferencia de otras cintas que manejan este tema histórico, Jojo no es menos responsable de sus actos o pensamientos, si bien es solo un peón o eslabón – quizás los más débiles por ende más fáciles para atrapar – en un régimen que lava mentes y te dice que pensar – además que Jojo solo ha vivido en contexto de guerra – nuestro protagonista en ningún momento es el la víctima directa o un chico que no sabe que sucede a su alrededor (como en la película “el niño con el pijama de rayas”), pues Jojo quiere matar, el quiere servir a su raza “superior” e ir a una guerra cruenta con la cabeza llena de falsas promesas y odio. Pero Waititi nos presenta este conflicto tras la ridiculización del mismo diciéndonos que la guerra es algo tonto y por ser algo así nos podemos reír de aquello.

Reírnos de lo que no se puede reír es un método que tenemos el cual refleja nerviosismo y la película lo maneja muy bien en su último acto, una alegoría de lo fantástico – a la vista – de la destrucción que si bien aborrecemos y rechazamos, la consumimos de igual forma en películas o actividades que llaman a lo bélico. Es la reflexión que nos plantean de cierta forma “No queremos guerras pero las consumimos ensalzadas de cámaras lentas en pantalla grande todos los años y son estas las que llegan a los premios Oscar”. Aún así Jojo se desprende de una película de guerra más, volviéndose en un nuevo punto de vista a como revisar la historia y que para reír primero hay que llorar.

Finalmente, abre tu mente y corazón para esta película perfecta para ver en esta cuarentena, una en donde tendrás la mejor – y la más simple pero bella – idea para hacer cuando volvamos a salir y estemos en las calles nuevamente con los que amamos y extrañamos, bailar.

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