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Ecos del pasado: La Once

Segundo largometraje de la aclamada documentalista chilena Maite Alberdi que, tras El Salvavidas (2012), dejó las playas del litoral central para adentrase en las casas de un peculiar grupo de señoras que, de manera casi ritual, se juntan a tomar once cada mes del año, con el fin de recordar el pasado de una longeva amistad.

La Once (2014) transcurre en un Chile revuelto, donde las viejas costumbres se ven olvidadas por una juventud cada día más abierta a la exploración y dispuestas a luchar para conseguir lo que desean. Es aquí donde entran nuestras protagonistas, un grupo de mujeres adultas de clase alta, que, a través de las conversaciones que salen en la mesa, van mostrando ese Chile posterior al “cambio”.

Sin embargo, la obra va más allá de eso. También, atiende la sensación de tristeza y melancolía que sufre la población adulto mayor, pues a través de los años se ve cómo el grupo se empieza a disolver debido a enfermedades o incluso la muerte. No faltan las cartas amarillas y las canciones del pasado que recuerden situaciones mejores, donde el grupo más que para pasar el rato, se convierte en un pilar fundamental de apoyo y amistad.

Pero, no solo el pasado es lo que complica al grupo, el futuro incierto y las responsabilidades de lo que uno deja atrás al marchar, rondan la mesa. Pero son eclipsados por la excelente sinergia que las unes, pero que aun así deja un malestar de garganta tanto para ellas como para el espectador.

Como la obra juega mucho con las opiniones y los sentimientos de las protagonistas, la cámara enfoca lo más importante: la cara. El uso de primeros y primerísimos primeros planos puede que vuelvan a la obra un poco “plana” al no atreverse a salir de las propias reglas. Pero es una decisión sabía que brinda a la obra una emotividad y conexión con la audiencia, pues pueden ver qué piensa las mujeres sobre cada tema, no solamente por lo que dicen, sino por la cara que ponen, cosa que de usar otros planos se podría perder.

Apartados técnicos

El trabajo de postproducción y montaje es otro punto para destacar, debido a la gran cantidad de material audiovisual obtenido -5 años- suena una tarea complicada, pero logra conservar una linealidad y coherencia de inicio a fin.

Lo que sí se podría decir que es “pobre”, es la falta de un acompañamiento sonoro al metraje, pues la historia avanza solamente con el recurso de la conversación, dejando a la música solo para marcar el inicio y el final. Tampoco se aventura mucho al uso de colores e iluminación muy extravagante, pues le costaría credibilidad al documental. Lo que sí rescata estos puntos, es la hermosa dirección de fotografía de Pablo Valdés, que le da vida y describe el espacio en que se desarrolla la obra.

A grandes rasgos, La Once brilla por aventurarse a contar una historia que a primera vista no es muy llamativa, pero que, con el paso del tiempo, los tópicos que toca y la forma de hacerlo sirven para reflexionar y darnos cuentas de cuanto ha avanzado nuestra sociedad y cultura. Además, nos regala un sincero relato de amistad y reflexión de la vida, pues al pasar el tiempo lo único que va quedando son los recuerdos y las amistades, todo lo demás se deteriora hasta morir.

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