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Entre la espada y la pared: Harakiri y Rebelión

La crisis del proyecto moderno y la necesidad de levantar nuevos imaginarios tras el contexto del fin de la segunda guerra, marcaría el curso de la historia del cine. La destrucción de los sets en Europa y la necesidad social de mostrar las condiciones del viejo continente, marcaría el inicio de un «cine nuevo», como podemos ver en neorrealismo italiano en Ladrones de Bicicletas (1948), que muestra de manera gráfica la situación de la sociedad.

Dentro de este nuevo cambio en la idea del cine, Japón empezaría una serie de films que retomarían su épica historia, para, a partir de ella, reconstruir o poner en tención la idea del bushido o el sistema del honor que promulgaba el emperador y todo el régimen, como también temas sociales a través de la representación del pueblo nipón.

El género que movería a esta vertiente sería el Jidaigeki, traducido como cine histórico, del cual nacerían los subgéneros del Hambara, también conocidas por peleas con sables, y el Chushingura o historias de venganza. Estas historias de guerreros ambulantes, tomaban parte de la historia del país, para a través de estos personajes -en su mayoría inventados- desmitificar mitos del honor samurái y la riqueza de matar, esto a través de personajes rotos debido al contexto social-político en que se encuentran -la pobreza en su mayoría- como también por la crueldad de la guerra, que transforma a estos guerreros en bestias sedientas de sangre que encuentran en la lucha una razón para vivir.

Dentro de los directores que han aportada al chambara, está Masaki Kobayashi, director de cine que vivió en carne propia los horrores de la guerra, cuyas vivencias marcarían en sus obras una fuerte tendencia al pacifismo (La condición humana), antifeudalismo (Rebelión) y un cinismo ante las figuras de autoridad y honor (Harakiri). En estas dos últimas películas, encontramos un interesante desarrollo de personajes y de la historia, dejando de lado los actos heroicos y épicas silenciosas de Kurosawa, para entrar de lleno a la crisis de la identidad y posición de estos espadachines, llegando a mostrar de manera fría y visceral, la opresión del fuerte hacia el débil en un orden social que premia la obediencia ciega hacia sus líderes.

Lucha de clases y la roptura de los viejos estandartes

A pesar de que la figura del samurái, es el eje central de estás historia, nunca es el pilar fundamental en la escala social de la época de unificación. El samurái, como individuo, está bajo las órdenes de su superior, el cual, gracias al Código del bushido y del honor, puede hacer lo que se le plazca con ellos. Películas como La fortaleza escondida (1958) y Kegemusha (1980), muestra la idea incondicional de la importancia de la imagen del líder tanto para la relación empleador-trabajador como unificador de la nación. Sin embargo, dentro de esta relación casi sagrada, se levantan relatos en que estos, cansados de la explotación y de los abusos de poder de sus líderes, se levantan ante un sistema que no contempla actos de rebeldía.

Harakiri y Rebelión nos muestra la historia de dos samuráis que, enfrentados a la adversidad, encuentran en su desdicha un momento de calma y plenitud al luchar por sus ideales. Harakiri nos presente a Tsugumo Hanshirō (Tatsuya Nakadai), un ronin solitario que se planta contra los estándares y la lógica del bushido, entendiendo que en un país donde existe la pobreza y la miseria el honor no sirve para nada; por otra parte, Rebelión levanta una crítica directa al modelo feudal, donde a través de Isaburo Sasahara (Toshiro Mifune) se levanta contra las órdenes del monarca, llegando a las armas para defender sus convicciones.

No obstante, a pesar de que la lucha de estos personajes es noble, sus gritos son opacados por el sistema imperante que impersonaliza al individuo, llevando siempre al mismo fin, la muerte en manos de unos pocos, donde lo peor en estos casos es el olvido y el ocultamiento de estos actos para no romper con el estatus quo, como la figura de la armadura en Harakiri y el final de Rebelión. Por otra parte, estas películas sirven para mostrar y humanizar el imaginario del guerrero, como también para denunciar y criticar el pasado y presente de su país a través de estas películas.

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