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Entre plumas y fusiles: Tengo Miedo Torero

Ecos de un pasado oculto de una ciudad dolida. El Chile de Lemebel siempre ha tenido esa desgarradora sinceridad al mostrar no solamente las heridas del golpe militar, sino también la de las minorías, de esa subcultura que dormitaba entre pasajes oscuros, quienes habitaban otra realidad que hasta ese entonces nunca nadie se habían aventurado a narrar.

Lemebel, escritor y artista, recrea en las amargas páginas de su libro, Tengo miedo, torero, la complicada relación entre la política y la homosexualidad, de esa izquierda que lucha por el pobre, pero no el pobre gay; y de esa derecha conservadora y estéril, usando la imagen de Pinochet y los milicos para hacer una sátira (sobretodo en la parte del tiroteo), demostrando que detrás del uniforme y del orgullo, igual se «cagan» al momento de la verdad.

Tendría que pasar varios años para poder ver este proyecto en la pantalla grande, a manos del director Rodrigo Sepulveda, quien junto a Alfredo Castro, darían vida a la ópera prima del fallecido escritor.

No tengo amigos cariño, tengo amores

Antes que nada, se tiene que hacer una distinción entre la obra como novela, y la obra como film. Tengo miedo torero no es un duplicado del mundo creado por Lemebel, es más una ilustración, una construcción de un auténtico texto fílmico que quiere ser fiel al fondo y a la forma de la obra literaria, pero que omite y levanta nuevos discursos para valerse por sí misma. Sepúlveda, en su versión, toma el relato del Chile en dictadura para mostrar la situación de la época, esa constante psicosis del temor de los milicos; como también las consecuencias del terremoto de 1985, mostrando un Santiago empobrecido y con las venas abiertas.

Alfredo Castro es quien interpreta al dinámico y complejo personaje de «La loca del Frente», un travesti que se gana la vida bordando para los señoras de milicos y trabajando en los cines de adultos del gran Santiago. Una noche, luego de  un allanamiento de carabineros, se encuentra con Carlos (Leonardo Ortizgris), un joven militante del MIR  con quién compartirá una confidencia que tiene relación con el atentado contra el dictador Pinochet. Así, este encuentro fortuito va mutando de una amistad a una complicidad, donde la Loca se arriesga cada vez más para entrar al mundo de su príncipe; y este por su parte, va dudando de su condición de «heterosexual», que choca con las normas de la sociedad y del partido.

Castro es quien con su interpretación se roba la película, tanto por su desplante y puesta en escena como el desarrollo de su personaje. El ritmo, que a pesar de que parte un poco apresurado, deja que los personajes se vayan desarrollando de buena manera, creando escenas memorables como la del «picnic» o la del cumpleaños, afianzando la relación de los dos personajes para llegar a un clímax que al igual que la novela, deja un sabor amargo y triste.

«Si algún día hacen una revolución que incluya a las locas, avísame. Ahí voy a estar en primera fila»

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