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Reflexiones sobre la cuestión indígena en América

El nacionalismo mapuche está lejos de representar una amenaza verdadera como pretenden convencernos ciertos grupos. De por si la idea de autodeterminación política no es una idea que deba ser combatida por aquellos que reivindican la soberanía nacional de los pueblos, sobre todo en estos momentos donde el nacionalismo está siendo atacado por fuerzas globales que buscan monopolizar todas las instancias de representación política que pertenecen a las personas y sus comunidades por derecho. La soberanía nacional es el último bastión de resistencia contra el internacionalismo depredador, y es más necesario aún cuando la política de Naciones Unidas y los grupos económicos disuelven la identidad nacional de las personas reemplazándola por una concepción cosmopolita del ser humano, por el “consumidor estándar”, publico objetivo de las transnacionales.

El filósofo argentino Alberto Buela en su libro «Pensamiento de ruptura» nos alerta sobre el miedo al otro. No hay que temer al diferente, decía, sino al “igual”. El diferente es el judío, el musulmán, el cristiano, y en este caso el mapuche. El “igual” es con quien hay que tener cuidado. Es menester defender la diferencia, que es la piedra en el zapato del “igual”, ese “igual” que es la cultura de la homogenización; los mismos McDonalds en todas las esquinas, las mismas películas, la misma publicidad, el mismo idioma, el mismo derecho, el mismo gobierno, la misma mentalidad. Por el contrario, el nacionalista es siempre diferente, ya que hay tantos nacionalismos como naciones existen en el mundo, y el pueblo mapuche es una de esas naciones. El mapuche es la piedra en el zapato del «igual».

Y si bien corresponde reivindicar todo nacionalismo para enfrentar a la oligarquía internacional, en el caso de Chile y el continente americano hay que tener cuidado. La frontera mapuche-española (y mapuche-chilena en la actualidad) durante varios siglos ha sido un lugar de intercambio cultural entre estos dos pueblos, lo que ha generado la creación de una identidad sui generis, el mestizo, quien es hijo de ambos y que constituye la mayor parte de la población de Chile e Hispanoamérica. Intentar separar al mapuche del chileno es imposible, pues en todo chileno hay sangre indígena y en todo indígena hay también sangre de conquistador. Odiar a los mapuches como odiar a los conquistadores -para el chileno moderno- es lo mismo que odiarse a si mismo.

Las revoluciones de independencia ya han fracturado demasiado a nuestro continente y las guerras entre países vecinos solo nos han traído odio y división. Hubo un tiempo en que éramos una sola comunidad, ahora somos una tierra fragmentada en varios Estados artificiales ¿y que hemos logrado con eso? Países inestables, pobres y fáciles de dominar, en eso se ha transformado nuestro continente. Es por este motivo que hay que tener cuidado con los nacionalismos que solo buscan dividir aún más nuestros ya debilitados estados. Hay que buscar la unidad, no la balcanización.

Ahora, considerando que los actuales limites de los estados en América son de creación reciente y sus territorios no respetan las diferencias étnicas de los pueblos, no basta solamente el pretender buscar una determinada “unidad continental”, ya que haciendo esto corremos el riesgo de caer en un proceso de disolución cultural en el contexto latinoamericano, cosa que debe ser evitada en todo momento. El reconocimiento de los pueblos originarios permite conservar la diversidad contra la homogenización que ha pretendido instaurar el internacionalismo, sin embargo, hay que denunciar los errores de las políticas indigenistas, pues, si por un lado se reivindican ciertas etnias, por el otro se niega la existencia de muchas. La solidaridad entre pueblos tiene que ser reciproca y no hipócrita.

El caso de la Constitución Boliviana de 2009 es un ejemplo claro del segundo caso. Por una parte, se muestra “progresista” ante el mundo y no le da vergüenza en recibir aplausos de la comunidad internacional por sus políticas de reconocimiento de los pueblos indígenas, por la otra, niega rotundamente algunas identidades étnicas en favor del mismo Estado Boliviano, que en todo caso no representa una identidad verdadera sino un simple estatuto jurídico de un país recientemente creado.

La constitución de Bolivia reconoce en su artículo 5 unas 36 naciones indígenas, sin embargo, fuera de ellas no se reconoce a la etnia más numerosa, la cual representa el 60% de la población. La plurinacionalidad significa reconocer todas las naciones que habitan un suelo en común, pero, en el caso antes mencionado, los criollos y mestizos son olvidados voluntariamente. Y a pesar de olvidar a los criollos y mestizos, la constitución de 2009 reconoce una etnia no originaria, la denominada cultura afro-boliviana, descendiente de esclavos africanos que llegaron para trabajar en las minas de Potosí y que representa menos del 1% de los habitantes de Bolivia. Si el argumento de incluir esta etnia en la constitución se debe a que los miembros de dicho pueblo no eligieron migrar a Bolivia por su condición de esclavos, podríamos decir lo mismo de los descendientes de españoles ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido hijos de conquistadores? ¿Les vamos a negar el derecho a la identidad por lo que hicieron sus padres? No basta solamente con reconocer algunas etnias, hay que reconocerlas todas. Es obligatorio recordar que todos llegamos a este continente como inmigrantes, incluso los pueblos que se consideran a sí mismos “originarios”. Las teorías de la población americana prueban irrefutablemente que no había personas en América antes del fin de la última glaciación hace más o menos 12.000 años atrás, y dichos pueblos nómades que llegaron en la primera oleada también se vieron enfrentados los unos con los otros por problemas territoriales.

En conclusión, es bueno y positivo el reconocimiento étnico de los pueblos, pues de esta manera se reivindican los vínculos bio-psico-sociales de la realidad humana, sin embargo, el progresismo miope solo puede ver unas cuantas etnias, las que les conviene a su agenda política. Hay que avanzar, a la par de las etnias indígenas, en el reconocimiento de los mestizos en general (zambos, mulatos, etc.) y de la nación criolla en particular, no solo en Chile, sino que en todo el continente. Como dijimos, los límites “nacionales” impuestos desde las revoluciones de independencia no corresponden a las auténticas características del continente y los criollos nos encontramos repartidos tanto en Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Colombia, Venezuela, El Salvador, México y en todo país que haya sido pisado por españoles, poblamos un territorio de unos 11.000 kilómetros de largo, más extenso que Rusia medido de este a oeste. Lo primero que hay que hacer es avanzar en el autoconocimiento de nuestro pueblo, esa es la primera fase en el camino de reconstrucción de la nación criolla que ha sido destruida y fragmentada por los falsos nacionalismos. Ahora, eso sí, tanto en el caso indígena como en el criollo, hay que tener cuidado de no atomizar más el suelo hispanoamericano. Las pretensiones criollas, así como la de los pueblos indígenas, deben ser universalistas y no particulares. Todas las naciones del continente tiene que trabajar para construir un proyecto de unidad a largo plazo que sea capaz de unirnos mirando más allá de las etnias, pero sin suprimirlas.

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